“Nuestra visión de la vida depende de lo cerca que se encuentre nuestra personalidad de nuestra alma”
Dr. E. Bach
Edward Bach nació en Moseley, a las afueras de Birmingham, Inglaterra y pertenecía a una familia de origen galés. Desde niño tuvo un sentimiento especial por la naturaleza y un espíritu inquieto. Le atraían las cosas sencillas de la vida. Había sido un niño soñador e idealista. Al terminar sus estudios se alistó en el cuerpo de caballería de Worcestershire, donde se le desarrolló su amor por los animales y pasar tiempo en contacto con la naturaleza.
A los 20 años ingresó a la Universidad de Birmingham y luego de haberse recibido de médico, continuó estudiando y obtuvo títulos de bacteriólogo y patólogo. Residió en Londres por muchos años, dedicado a diferentes trabajos de investigación y puso gran devoción a las prácticas en los hospitales y en los laboratorios para perfeccionarse. Él buscaba caminos para brindarle alivio al sufrimiento de las personas y evitaba visitar los parques y jardines, que tanto le gustaban, porque temía que al entrar en contacto con ellos, pudieran distraerlo de su camino.
Dr. Bach había sido un hombre tenaz y dedicado. En sus tratos y observaciones con pacientes y enfermedades comenzó a sospechar que debería haber algo más detrás de la enfermedad física y observó atentamente las características individuales de cada personalidad. Comprobó que un mismo tratamiento funcionaba para algunas personas y no para otras. Había algo que la enfermedad estaba enmascarando y que seguramente, la enfermedad no era la causa sino el efecto de un mundo emocional que estaba esperando aliviarse.
En 1914, Dr. Bach quedó como responsable de 400 camas en el University College Hospital, en el departamento de bacteriología y como asistente clínico en esta área. Mientras investigaba como bacteriólogo, descubrió la relación de algunas bacterias intestinales con las enfermedades crónicas. Su trabajo se intensificó y aún cuando su cuerpo le requería atención continuó trabajando hasta que un día se enfermó gravemente y tuvo que ser intervenido quirúrgicamente de urgencia. Luego de recuperarse de la cirugía y a pesar de haber tenido un diagnóstico desfavorable, recuperó sus fuerzas y se sumergió en la investigación, día y noche. Cuando llamaban a su habitación al ver que siempre se veía encendida, decían “La luz que nunca se apaga”. Él descubrió que cuanto más se enfoca en su objetivo de vida, su energía crecía para seguir adelante. Se dio cuenta de que cuando las personas le dan sentido a su vida, un propósito, se genera un motor que las lleva crear nuevas posibilidades de salud.
En poco tiempo se sintió recuperado. Su nombre alcanzó notoriedad por sus investigaciones, y comenzó a trabajar en el London Homeopathic Hospital. Fue bajo estas circunstancias que conoció los estudios de Hahnemann y su libro básico: “Organon del arte de curar”, escrito hacía más de cien años. Quedo fascinado con la genialidad de Hahnemann, quien curaba guiado más por los síntomas mentales que físicos. La homeopatía confirmaría una afirmación que él mismo, había hecho años antes. Tratar a la persona en vez de a la enfermedad. Comprendió mejor los métodos de curación y la mejoría del individuo como un todo. Mantenía su trabajo en el Hospital Homeopático de Londres y también, su consultorio de Harley Street.
Para el año 1926, los Nosodes intestinales, ya eran conocidos en Gran Bretaña como los Nosodes de Bach. En este tiempo comenzó un trabajo de observación sobre las personas, a las que agrupaba en sus escritos, según sus conductas y temperamentos. Comenzó a preparar remedios con el método homeopático, con mucho éxito. En 1930, resolvió dejar toda actividad redituable en Londres, para buscar en la naturaleza el sistema de curación que con el que soñaba desde niño y al que se sentía que se estaba acercando.
La homeopatía no estaba lejos, pero no era exactamente lo que él estaba buscando. Dejó, entonces, su consultorio y un lugar destacado en la comunidad médica londinense a los 44 años para viajar a su tierra madre: Gales. Al llegar al destino elegido, descubrió que había olvidado sus instrumentos y material de laboratorio. Sólo contaba con una maleta con ropa y unas botas para la campiña. Sin embargo esto no fue un impedimento sino una motivación para encontrar un nuevo método para extraer los beneficios de las plantas. Y lo descubrió.
En sus caminatas por la campiña de Gales continuaba experimentando con plantas silvestres y en 1930 escribió “Cúrese a usted mismo”, mientras vivía en Cromer, Nortfolk, cerca de la costa. En 1933, dejó la costa para regresar un año más tarde, ya entonces, Dr. Bach había desarrollado la única combinación de flores reconocida, como el remedio de urgencia: Rescue Remedy en inglés.
Rescue Remedy Compuesto por cinco flores: Clematis, Star of Bethelehem, Rock Rouse, Impatiens y Cherry Plum.
Con el Rescue Remedy, Dr. Bach socorrió a un pescador que había naufragado con su barco y casi ahogado se recompuso para sorpresa de todos.
En 1934 se mudó a Sotwell, una pequeña casa llamada “Mount Vernon”, donde se quedó hasta culminar su trabajo.
Contaba con un grupo de acompañantes, Nora Weeks, su gran ayudante y Victor Bullen, un amigo entrañable, ambos le dieron continuidad a su obra. El mismo Dr. Bach los preparó para que siguieran con su legado.
Escribió entonces “Los doce sanadores y otros remedios”, completando su obra y su misión en la tierra, según sus palabras. El Dr. Bach puso en palabras treinta y ocho estados mentales y anímicos con una claridad tan grande que hasta la mente más simple puede entender lo que él quiso decir. Dijo que ese libro era el resumen de toda su vida.
Después de una breve mejoría, murió el 27 de noviembre de 1936, mientras dormía. Realizó su sueño, encontró en la naturaleza el método de sanación que deseaba, desarrolló un sistema de 38 flores, dejó su filosofía fundacional, fácil de comprender y aplicar. Una enseñanza que trascendió su vida y su tiempo.